Lignum Crucis El Leño de la Cruz en la que murió Jesús

La adoración de la Cruz que realizaremos este Viernes Santo, 3 de abril de 2015, en la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción de Molina de Segura, tendrá una especial importancia al poder contar con una muy valiosa reliquia como lo es el Lignum Crucis, que nos han prestado para la celebración de este año.

Se conoce en la cristiandad como Lignum Crucis al “leño de la cruz” en el que murió Jesucristo; y, por ende, a todo fragmento proveniente de la Vera Cruz hallada por Santa Elena entre los años 325 a 327, en el Gólgota de Jerusalén. Se afirma que el descubrimiento sucedió un 3 de mayo y, por ello, la Iglesia Católica celebra y conmemora en ese día “LA INVENCIÓN DE LA CRUZ”.

La más antigua referencia documentada que se conserva del hallazgo se encuentra en la “Historia de la Iglesia” de Rufino escrita hacia el año 400, quien la toma de la “Historia eclesiástica” de Gelasio de Cesarea, quien –a su vez- la escribió unos años antes.

Según esa cita, Elena, la madre del emperador Constantino (…), se fue de viaje (…) a Jerusalén y allí se informó entre sus habitantes acerca del lugar en el que el cuerpo de Jesús había sido clavado a la cruz. Este lugar era muy difícil de identificar porque los primeros perseguidores habían erigido allí una estatua a Venus, de modo que, cuando un cristiano quería venerar allí a Cristo, pareciera que rendía culto a Venus. Por esta razón, aquel lugar era poco frecuentado y casi había caído en el olvido. Mas (…) la pía mujer se dirigió al lugar que le había sido indicado por una señal celestial, hizo derribar cuanto había de vergonzoso y penoso y removió la construcción hasta lo profundo.

Es de destacar que, en general, los cronistas de aquella época (y posteriores) solían revestir los acontecimientos con intervenciones divinas para darles más verosimilitud. Consideraban más importante para mostrar la veracidad de lo narrado la “señal celestial”, que el afirmar simplemente que Santa Elena fue informada del lugar de la crucifixión por los habitantes autóctonos. Si Dios intervenía, no había lugar a discutir sobre la certeza de los hechos.

Esas “decoraciones” sobrenaturales tienen en esta caso su culminación con la llamada “leyenda áurea” de Santiago de la Vorágine, escrita en el siglo XIII. Según este dominico, Santa Elena, al llegar a Jerusalén, preguntó a los judíos sobre el paradero de la Cruz, pues le habían dicho que la tenían escondida. Al parecer fueron bastantes reticentes al principio (se dice que existía una profecía según la cual si la Vera Cruz era encontrada por los cristianos “desde ese momento el pueblo judío no reinaría más”) y Elena no se anduvo con protocolos y amenazó quemar a todos los judíos que tuviera a mano. Ante semejantes razones, le fue entregado un tal Judas que, según decían, sabía el lugar donde había sido escondida la Cruz. Una vez debidamente interrogado bajo tortura, le indicó el lugar y al estar sobre él, se difundió un perfume y un leve temblor del suelo. Ante el prodigio Judas se convirtió, y se bautizó tomando el nombre de Ciríaco, y él mismo cavó hasta encontrar las tres cruces que estaban bajo aquel sitio y las exhibió a Santa Elena. Para determinar cuál de las tres era la de Jesús hizo detener un cortejo fúnebre que pasaba por allí y acercó al muerto a cada una de las cruces. “Ante la última, el muerto resucitó y se pudo comprobar así que ésta era la cruz verdadera”. Este Judas, renombrado Ciríaco tras su bautizo, habría sido después obispo de Jerusalén sucediendo a Macario, que era el que ostentaba el obispado en ese momento. Otra versión describe el milagro decisorio para reconocer a la Cruz de Cristo, no como una resurrección, sino como la curación de una enferma.

 

 
Los hechos debieron ser más sencillos y por supuesto más cercanos a los descritos por Gelasio de Cesarea y recogidos por Rufino (reproducidos en similares términos por otros autores como Alejandro de Chipre o Sócrates Escolástico) que los narrados por Santiago de la Vorágine.

Conocer el sitio aproximado donde se anclaban los brazos verticales (los condenados sólo transportaban el patibulum o brazo horizontal) en el monte de la calavera de Jerusalén para los ajusticiamientos, no debía suponer más dificultad. Lo que sí parece cierto es que Elena ordenó desmantelar un templo dedicado a Venus y escavar en su subsuelo. En él se encontraron las tres cruces, los clavos (al parecer, sólo dos) y el titulus (el letrero que todos conocemos por llevar las letras “INRI”). El dilema de más calado debió ser el de determinar cuál de las cruces era la de Cristo. Ambrosio de Milán y Juan Crisóstomo afirman que se encontró el titulus sobre la cruz del centro y eso fue concluyente.

También es razonable que se considerara como tal la que estaba taladrada, dado que el enclavamiento de Cristo es una excepción en la ejecución de la condena a muerte mediante la crucifixión: de ahí que San Juan afirme que sólo Jesús fue clavado en la Cruz. Precisamente, en el Lignum Crucis que se conserva en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana se observa el agujero de unos de los clavos.

Pero además, cabe también pensar que la Invención de la Cruz por Santa Elena fue verdaderamente una “invención” y que, como apunta Diego Marín Ruiz de Assín el leño de la Cruz fuera venerado en Jerusalén desde los primeros tiempos, de tal modo que cuando aquélla mandó levantar la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén (constituida por tres partes diferenciadas: Martyrion, Tripórtico y Anástasis), fuese trasladado a ésta el Lignum Crucis para su adoración. Y cabe pensarlo así, pues resulta bastante elocuente el silencio de Eusebio de Cesarea, historiógrafo coetáneo a los hechos, quien si bien destaca el hallazgo (también por Santa Elena) del Santo Sepulcro, nada dice de la Santa Cruz. Silencio éste, por cierto, que sirvió de argumento base al protestantismo para declarar la falsedad del Lignum Crucis.

Sea como fuese, en el año 347, San Cirilo de Jerusalén, ya hace referencia expresa al madero de la Cruz; y, a partir de esa época, potenciada por el emperador y su madre, la Cruz se hace símbolo universal de la Iglesia, frente al crismón o al buen pastor anteriores.

Santa Elena dividió -al menos- en dos trozos (igual hizo con el titulus) el madero de la Cruz, quedando inicialmente uno en Jerusalén y llevándose consigo el otro a la capital imperial. El Lignum Crucis del Monasterio de Santo Toribio de Liébana (Calameño. Cantabria), está considerado por la Iglesia como el fragmento de mayor tamaño de los que se conservan de la Vera Cruz. Originariamente era sólo un trozo. En el siglo XVI fue dividido en dos partes para formar una Cruz que fue engastada en el relicario de plata sobredorada.


 

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