Importancia de la Parroquia en la Vida de la Iglesia Comunidad de Fe, Esperanza y Caridad

La Parroquia es básicamente una “comunidad” de bautizados, cuyos fieles, por el bautismo, inician el camino del seguimiento de Jesús. La comunidad parroquial, normalmente, se identifica con los fieles de un determinado lugar, ya que se trata de una “parcelación” de la Diócesis, que preside el Obispo.

Consecuentemente, el párroco, en su parroquia, actúa en nombre del Obispo, con su autoridad y haciendo sus veces, ya que ha sido puesto por el Pastor diocesano para que colabore con él en el “pastoreo” de la Iglesia particular, la Diócesis. Por eso, participa del mismo ministerio episcopal: enseñar, santificar, presidir la comunidad. Las Parroquias, al ser parte de la Diócesis, representan, en un lugar concreto, a la Iglesia toda.

Esta dimensión eclesial conlleva el ser un ámbito comunitario de transmisión, celebración y de testimonio de la fe, siendo la eucaristía dominical fuente y cumbre de toda la vida cristiana. De ahí que la comunidad parroquial, siguiendo la “tradición apostólica”, sea convocada cada domingo, “fiesta primordial”, para celebrar el misterio pascual. En definitiva, “la parroquia no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio; ella es «la familia de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad», es «una casa de familia, fraterna y acogedora», es la «comunidad de los fieles»” (Exhortación apostólica de Juan Pablo II: “Christifideles Laici -1988). A ella nos incorporamos por la fe y de ella recibimos los sacramentos. La economía sacramental, de la que la parroquia es “administradora”, sólo es afirmada y participada por la fe.

Revitalizar la Parroquia es descubrir en ella el misterio y la misión de la Iglesia que, en este sentido, es bien claro: “La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerigma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra” (Carta Encíclica de Benedito XVI: “Deus Caritas Est” – 2005).

De ahí que la renovación parroquial se concrete en transmitir la fe por el ministerio de la Palabra, celebrar la fe en el culto y en los sacramentos, y testimoniar la fe por la caridad. Fuera de estas funciones, la Parroquia será otra cosa, pero no una comunidad cristiana. Por eso, la parroquia necesita ser purificada de toda corteza sociológica y revestirla de eclesialidad, esto es, que sea como Cristo quiere la Iglesia: “santa, comunidad de fe, esperanza y caridad” (Constitución del Vaticano II: “Lumen Gentium – 1964). Este ideal de parroquia no es imposible, si todos los que la formamos, en unidad y comunión, y bajo la guía del Espíritu -verdadero y principal artífice-, trabajamos en su construcción.

Al dirigirse a los participantes de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), el Papa Juan Pablo II destacó la importancia de la parroquia en la vida de la Iglesia y destacó la necesidad de revitalizarla en vistas a los nuevos desafíos pastorales.
“La parroquia asegura la constante y presurosa cercanía de la Iglesia a toda la población, de cuyas necesidades espirituales se hace cargo, sin dejar de preocuparse incluso de tantas otras necesidades, para ofrecer a cada uno la posibilidad de un camino de fe que lo introduzca más profundamente en la vida de la Iglesia y haciéndolo partícipe de la misión apostólica”, dijo el Santo Padre.

El Pontífice señaló que la revitalización de la vida parroquial requiere también de nuevas vocaciones; por lo que dirigió “una cálida invitación a los jóvenes y las jóvenes, para que tomen en atenta y serena consideración, y eventualmente acojan, no con temor sino con alegría, el llamado que el Señor les dirige: éste es un don extraordinario, que abre nuevos horizontes de vida para aquellos que son llamados y para tantos de sus hermanos y hermanas”.

¿Qué puedo hacer por mi Parroquia?

Formar parte con gozo de esta familia de testigos de Jesús: Sintiéndome orgulloso de pertenecer a esta familia, la Iglesia, agradeciendo la fe que he recibido de los que me han precedido en esta comunidad parroquial. Esto es lo primero que puedo hacer por mi comunidad.

Participar en los trabajos del Evangelio: Anunciando el Evangelio como tarea de todos; guiado siempre por el Espíritu Santo, dejándome orientar por mis pastores, el párroco y el obispo.

Participando en la Eucaristía dominical, en las catequesis, en Cáritas, en los grupos parroquiales y en todo aquello que necesite mi parroquia.

Colaborando en el sostenimiento económico de mi parroquia: A través de cuotas parroquiales o donativo voluntario.

Apoyando en todo momento los proyectos y colectas de carácter solidario y misionero: colectas de Cáritas, campañas de Navidad, Domund, Manos Unidas, ayudas a los seminarios o cualquier otra campaña puntual que la Iglesia realice, así como aportaciones voluntarias.
 


 

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