Jesús, el Buen Pastor Cuarto Domingo de Pascua

El Único Pastor de la Iglesia

El evangelio de este domingo parece responder a una inquietud de los primeros cristianos y también de nosotros: ahora que Jesús no está visiblemente con nosotros, ¿quién nos reúne, nos guía y nos defiende?

Cuando Juan escribe su evangelio e inserta en él esta magnífica alegoría del Buen Pastor con los elementos redaccionales del profeta Ezequiel, ya la Iglesia desparramada en los principales centros del imperio romano tenía su organización, al menos elemental: cada comunidad era regida por un pastor u obispo, entre ellos Pedro, a quien Jesús encomendara junto al lago de Tiberíades la misión de «apacentar el rebaño». Pero también habían surgido ya ciertas disensiones que pronto darían origen a ciertas herejías, poniéndose en peligro la unidad de la Iglesia.

El relato de Juan es sumamente oportuno porque la situación de su época se repetirá muchas veces en la historia y se puede repetir hoy: ¿quién es el auténtico pastor que guía a la comunidad cristiana? La respuesta es una sola: Cristo es el único pastor de la comunidad cristiana.

Antes de reflexionar sobre lo que esto significa, observemos un detalle que se nos manifiesta en la primera lectura, extractada de los Hechos. A pocos días de Pentecostés, Pedro y Juan curan a un paralítico que todos los días pedía limosna a la entrada del templo. Grande era la desgracia del pobre hombre, ya que la parálisis le venía desde su nacimiento, y escasísimas esperanzas tenía de curación.

Como de costumbre, al ver a Pedro y a Juan que subían al templo para hacer oración, pide una limosna. Pedro le responde: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús Nazareno, ponte a andar.» El hombre se levantó, se puso a caminar y entró con los dos apóstoles al templo para dar gracias a Dios.

Todo el mundo se asombró del suceso y, entonces, Pedro aprovecha para testimoniar su fe ante el pueblo. Todavía estaba hablando cuando los guardias los toman presos y los conducen ante las autoridades judías. Y Lucas nos da el motivo del apresamiento: los jefes judíos estaban molestos porque Pedro testimoniaba la resurrección de Jesús y la de los muertos. Los saduceos, que formaban la casta dirigente, no aceptaban semejante doctrina. Y ante ellos declara Pedro sin ambigüedades que “este hombre está sano delante de vosotros por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, al que crucificasteis y al que Dios resucitó de entre los muertos”.

Este testimonio de Pedro tiene otro valor importante: él, que había sido constituido por Jesús como el cuidador de la comunidad. no se engolosina con la curación realizada. Quien ha curado al enfermo -a esa oveja perdida y abandonada por todos- es el mismo Cristo, que sigue actuando en medio de su pueblo. El buen pastor -como decía Ezequiel- «ha curado a la oveja perdida y sanado a la enferma».

En otras palabras: Jesús está presente desde el momento en que un hombre enfermo ha sido curado en su nombre; es decir, con su fuerza y poder. También es significativo el testimonio de pobreza de Pedro, en un momento como hoy en que tanto se habla y especula con las riquezas de sus sucesores. La única riqueza de Pedro es Cristo, y todo lo que hace viene del poder de Cristo…

Yo soy el buen pastor“, nos dice Jesús. La palabra «buen», más que indicar una cualidad moral, significa aquí: yo soy el auténtico pastor, el único, el verdadero. Con esto, el evangelio no pretende eliminar toda autoridad en la Iglesia, pero dirige nuestra mirada al fundamento y centro de la comunidad: Jesucristo. Aceptar la resurrección de Jesús es aceptarlo como quien guía a la comunidad.

A menudo sucede que tenemos diferencias de opiniones con algún sacerdote u obispo, y estas diferencias influyen demasiado sobre nuestra vida de fe. Por eso el evangelio de hoy es muy oportuno: también el sacerdote y el obispo, lo mismo que el Papa. están bajo el cayado del único pastor, y la fe cristiana es afirmación de Jesucristo como único Señor, oponiéndose por lo tanto a toda forma de culto a la autoridad. De no ser así, transformamos automáticamente a la Iglesia en un comité o en un simple órgano burocrático, cuando no en una trastienda donde se juegan oscuros hilos de poder. De todo ello nos da testimonio la historia.

Pero también es cierto que Jesús no nos habla desde las nubes o desde un trono celestial, sino que su palabra nos llega a través de sus testigos, y su oficio de pastor lo ejerce a través de otros hombres a quienes vulgarmente llamamos «pastores» porque participan del oficio pastoral de Jesucristo. Bien nos dice Pablo que Dios constituyó a unos como apóstoles, a otros como profetas o maestros, pero todos ellos están al servicio del bien de la comunidad.

Si Jesús es el buen pastor, significa que hay también falsos pastores. El texto de Juan nos señala las características del buen pastor, para que la comunidad sepa reconocerlo, y al reconocerlo, encontrarse con Cristo.

Las Características del Buen Pastor

Primera característica:

«El buen pastor da la vida por sus ovejas… El Padre me ama porque doy mi vida… Nadie me la quita sino que la doy por mí mismo… El asalariado, en cambio, el que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo, las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa.»

 
En la antigüedad -como sucede hoy en muchos países subdesarrollados- la vida del pastor era sumamente dura y arriesgada. Su cayado no era un signo tan pacífico como lo sugiere nuestra imaginación, sino que era el arma del que iba permanentemente unido para defender a sus ovejas, tanto de las bestias carnívoras como de los ladrones y asaltantes. El auténtico pastor lleva siempre consigo su cayado, nos dice Jesús, para pelear hasta perder la vida con tal de salvar a su rebaño.

Por su parte, el profeta Ezequiel describe a los falsos pastores que «no han fortalecido a las ovejas más débiles ni cuidado de la enferma ni curado a la herida ni buscado a la descarriada, sino que las han dominado con violencia y dureza. Y ellas se han dispersado y han caído en manos de los animales salvajes… Mi rebaño anda errante por las colinas y nadie se ocupa de buscarlo. . . ».

No hace falta mucha fantasía para descubrir en esta descripción los dos tipos de autoridad que suelen regir los destinos de una comunidad: el despotismo autoritario o el servicio fraterno.

El pastor, como todo auténtico jefe o líder, «se juega la vida por los suyos»: habla por el que no puede hablar, defiende al injustamente acusado, denuncia al opresor y cada día pone a precio su cabeza por salvar la cabeza de los otros.

Duro oficio, entonces… Se exige valentía, entrega incondicional y amor entrañable a la comunidad.

Y no pensemos que este oficio solamente corresponde a sacerdotes y obispos, si bien ellos han de ejercerlo con fidelidad especial. Si observamos las cosas con detenimiento, veremos que cada uno de nosotros siempre tiene a su lado a alguien más débil, indefenso o necesitado. Pueden ser nuestros hijos o nuestros padres ancianos, un amigo, un vecino o un grupo de alumnos o compañeros de trabajo. Donde hay un hombre o una mujer que se compromete a fondo perdido por sus hermanos, allí está el Buen Pastor. Creer, por lo tanto, en la resurrección de Jesús es aceptar este papel arriesgado de cuidar a los demás. Mas, ¿cómo podrá creer el mundo en la resurrección si pasamos de largo ante el paralítico que nos tiende su mano, si callamos ante el hermano calumniado, si apoyamos con el silencio la injusticia del más fuerte?

La historia nos muestra algo digno de tenerse en cuenta: el pueblo no se fija en el título de una persona para seguirlo…; se fija en su actitud de entrega y en su desinterés. Ni siquiera piensa en su religión, porque no hay mayor testimonio divino que el de la entrega de la propia vida por los demás.

Cuando pensamos en este evangelio, muchas veces creemos que sólo se refiere a gestos heroicos, propios de «los grandes personajes». Es un error. Si hacemos ahora un breve examen de conciencia descubriremos dentro de nosotros mismos a ese pastor opresor que se aprovecha del más débil y que en el momento crítico esconde su cobardía bajo un cúmulo de excusas.

Pensemos seriamente: ¿No hemos abandonado a más de un amigo, justo en el momento en que más necesitaba de nosotros? ¿No hemos aprovechado la oportunidad de ver al otro en inferioridad de condiciones para sacar ventaja de su debilidad, o, como decimos vulgarmente, para hacer leña del árbol caído?

Jesús es claro en su afirmación: él está allí donde alguien «da la vida» por el otro. El «recobró la vida» -o sea, resucitó- porque antes la entregó. Ese fue “el mandato del Padre“.

Nadie hubiera creído en Cristo si hubiera huido cobardemente como huyeron los apóstoles en la noche de Getsemaní. Por eso Jesús le exigió a Pedro -como condición para ejercer su oficio pastoral- una triple afirmación de fe que, como le anticipó Jesús, terminaría en el martirio.

Segunda característica:

«Conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre.»

 
¿Qué significa esto de que el auténtico pastor conoce a sus ovejas? En el Evangelio de Juan, «conocer a alguien» es mucho más que saber que Fulano es mi vecino y cuál es su nombre y apellido. Juan habla de un conocimiento interpersonal, surgido del diálogo o encuentro con el otro, de un compartir su dolor y su drama. Es el conocimiento que implica una comunidad de vida.

Así lo describe el profeta Ezequiel: «Yo mismo cuidaré y velaré por mi rebaño, lo buscaré por los lugares por donde anda disperso en los días de tormenta, lo apacentaré con buenos pastos y lo llevaré a descansar… Y haré con él una alianza de paz: Yo estoy con ellos y ellos son mi pueblo.»

El auténtico pastor no se queda encerrado en su oficina o en su casa, ni recibe a los suyos después de largas antesalas. Sale de sí mismo, trata de mirar con ojos distintos, de descubrir qué anda mal y qué se puede mejorar o cambiar. No espera a ser llamado: acude allí donde alguien lo necesita. Por eso conoce a los suyos: porque vive y comparte su situación, su necesidad, su miseria, su enfermedad, su ignorancia o su debilidad.

Tampoco se siente distinto ni busca motivos de distinción o privilegio; se siente parte del pueblo y miembro activo de la comunidad; acorta las distancias, dialoga con el pueblo con simplicidad y sin aires de doctor. Bien lo dice el Señor: «Yo estoy con ellos y ellos son mi pueblo.»

Por todo esto el rebaño reconoce pronto al auténtico pastor: porque lo ve con él, actuando, trabajando, pensando, tomando iniciativas o escuchando con comprensión. De todo ello surge un nuevo concepto de comunidad cristiana: se trata de un grupo integrado, donde se respeta la personalidad de todos y donde todos trabajan por el mismo objetivo. No es una sociedad anónima ni una multinacional bancaria. Es un grupo que se conoce en ese diario compartir las mismas inquietudes con absoluto desinterés lucrativo. Si tomáramos este evangelio en serio, descubriríamos que podemos estar a mil millas de su espíritu. ¡Cuánta distancia entre sacerdotes y laicos, cuánto secreto y misterio en los asuntos eclesiásticos, cuánto protocolo inútil!

Deberían bastarnos estas pocas líneas de Juan para afrontar una profunda reforma de nuestra comunidad, para que sea menos masa, para que desaparezca el frío anonimato, para que cada uno pueda ocupar un lugar. Lo importante no es que el sacerdote conozca a todos sus feligreses, cosa que hoy es prácticamente imposible, sino que nos integremos en grupos comunitarios que verdaderamente estén encarnados en la vida social de nuestro pueblo. El sacerdote podrá ser el vínculo de unidad y un signo más público de actitud servicial; pero toda la comunidad ha de sentirse integrada en este oficio pastoral de Jesucristo.

Tercera característica:

«Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor.»

 
El auténtico pastor no se cierra en su ghetto, en su corralito amurallado; no piensa solamente en los de dentro. Tiene, en cambio, un corazón amplio, abierto, pluralista. No se siente dueño de sus ovejas sino el servidor de todos aquellos hombres que buscan la verdad.

Jesús distingue entre redil y rebaño. El rebaño es la comunidad universal de los hombres que está invitada a vivir el Evangelio; el redil es la pequeña comunidad local integrada por un limitado número de personas.

El evangelio nos sacude de cierto “nacionalismo” cristiano que considera a Cristo como a su propiedad privada, como si lo hubiera contratado para uso personal y exclusivo. Jesús, en cambio, no se cierra a los de afuera ni les cierra las puertas. No es un fanático que busca enemigos para liquidarlos ni el individualista que sólo piensa en su pequeño grupo.

A menudo los católicos hemos olvidado esta tercera característica del buen pastor y, por lo tanto, de la comunidad cristiana. Con qué frecuencia cada uno sólo piensa en su parroquia, en su diócesis, en su congregación religiosa, en su país… ¿Y los demás? Los demás están afuera, son extranjeros…

Así, frente a los no cristianos, e incluso frente a cristianos de otras localidades, asumimos una postura rígida, tiesa, como si fuésemos los únicos poseedores de la verdad, más dispuestos a echar reproches o a condenar que a pensar -al menos un momento- que todos ellos «oirán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor».

Creer en Cristo resucitado es aceptar este espíritu amplio, que no puede ser encerrado en las fronteras de una nación, de una cultura o de una raza. El hombre nuevo de la Pascua está allí donde alguien deja de considerar a su hermano como a un extranjero. Tampoco Jesús habla de la «conquista» de los de fuera, ni menos de imponer su evangelio por la violencia. Sí habla de los que «oirán su voz»: esa voz que arroja luz en la vida, que insinúa esperanza, que tiende la mano y que perdona.

Pero -volviendo a un característico pasaje de Pablo- ¿cómo oirán esa voz si no es anunciada? A veces existe en nuestras comunidades cierto mutismo que llama poderosamente la atención, como si en este siglo veinte los cristianos no tuviéramos nada que decirle a la humanidad, como si se hubiera agotado nuestra fuente de vida o nuestro testimonio evangelizador.

Pero alguien de vosotros podrá decir: ¿Cómo anunciaremos la voz de Cristo si nosotros mismos la desconocemos o no estamos suficientemente convencidos?

Entonces, bien está que nos reunamos todas las semanas para escuchar la voz de Cristo, para interiorizarla en la vida y para ser capaces, como Pedro -el mismo que había negado al Maestro y permanecido en la incredulidad-, de proclamar públicamente que algo nuevo anda sucediendo por el mundo…

Seguramente que el evangelio de hoy nos deja sorprendidos y en profundo silencio. No basta decir: «Cristo ha resucitado.»

Hoy nos estamos preguntando: ¿Es el Cristo en quien decimos creer el mismo Cristo Buen Pastor que hoy nos ha hablado?

Santos Benetti


 

Jesús, el Buen Pastor Cuarto Domingo de Pascua
Qué te ha parecido?
Print Friendly, PDF & Email
Tagged , , , . Bookmark the permalink.