María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia

Hace dos mil años, dijo María: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”. Y así ha sido. Desde entonces, hasta el fin de los tiempos, todas las generaciones le han llamado y la llamarán Bienaventurada, Elegida de Dios. Elegida para este título fenomenal de María: MADRE DE DIOS. Es lo más grande para María. A esto van vinculados los demás títulos de María. Fijaos. Cristo es tan Hijo de María, como Hijo del Padre; porque cada uno le da su naturaleza. Cristo es Hombre-Dios. María le da la naturaleza de hombre, y Dios Padre le da la naturaleza divina. Por lo tanto, María puede llamar a Jesús “Hijo mío” con el mismo derecho que el Padre Eterno. En el bautismo de Jesús se oyó la voz del Padre que dijo: “Éste es mi Hijo”. Pues María puede decir lo mismo y con el mismo derecho. Esto parece un atrevimiento, una irreverencia; pero sin embargo es así. Es una realidad honrosa para la Virgen.

También María es Madre de la Iglesia y Madre nuestra. Es un título que le dio el Papa Pablo VI a María el 21 de noviembre de 1964, al finalizar la tercera sesión del Concilio Vaticano II. La llama “María, Madre de la Iglesia”. Al hacer el Papa Pablo VI esta proclamación, se oyó en la Asamblea Conciliar la ovación más larga de todo el Concilio.

El llamar a María “Madre” no es metáfora. Por ejemplo, cuando llamamos a María “Rosa Mística” o “Torre de Marfil”, eso son metáforas. Pero cuando, llamamos a María Madre, indicamos una realidad. María es nuestra Madre por muchas razones. Si María es Madre de Cristo y Cristo es cabeza del Cuerpo Místico, y nosotros somos el Cuerpo Místico de Cristo, la que es madre de la cabeza es madre del cuerpo. María es Madre de la cabeza del Cuerpo Místico. María es Madre de todo el Cuerpo Místico. Por tanto, María es nuestra Madre, porque es Madre de Cristo. María es Madre física de Cristo y Madre espiritual nuestra.

Finalmente, María es nuestra Madre porque Cristo nos la dejó como Madre, en la cruz. Cristo le dice a San Juan: “Aquí tienes a tu Madre”. En San Juan estamos simbolizados todos nosotros. Según el testimonio de la tradición cristiana, confirmado por innumerables documentos del Magisterio de la Iglesia, San Juan representaba en aquellos momentos a toda la Humanidad redimida por Cristo.

Cristo pudo haber dejado su Madre a sus parientes. Cuando Cristo quiere dejar María a San Juan, es para darle un significado especial. Haciéndola Madre de San Juan, es la Madre Mística, por decirlo así. Cristo nos deja a María como Madre, para que acudamos a Ella. Entonces todo esto quiere decir que nosotros hemos de tener una enorme devoción a María, porque María es nuestra madre.

Cuanto más amemos a María, más contento Jesús, que, como todo hijo bien nacido, disfruta viendo a su Madre agasajada y honrada. Es curioso que, en la historia, todas las piedades que han dejado a María bajo el pretexto de ir más directamente a Cristo, han terminado dejando a Cristo. Esto lo dice la historia. Quien tiene a María, tiene a Cristo. Quien deja a María, termina por dejar a Cristo. Por eso tenemos que pedirle a la Virgen, que engendró en su seno a Cristo, que lo engendre también en nuestro corazón.

Que Ella nos lleve a Jesús. María no es estorbo para ir a Cristo. Ayuda a ir a Cristo. A Cristo por María. A Jesús por María. Dios quiere que acudamos a María. La escogió a Ella como Intercesora, como Medianera.

P. Jorge Loring
Catholic.net


 

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