Promesas Cumplidas: Anticipo de la Pascua Segundo Domingo de Cuaresma

Don-Ramon-misa-cuaresma

Estoy leyendo en este comienzo de año, la novela de Jesús Sánchez Adalid: “Y de repente, Teresa”. Me encuentro, justo antes de comenzar a redactar este comentario sobre la lectura del Sacrificio de Abraham, con la poesía de Santa Teresa de Jesús:

“Vuestra soy, para vos nací,
¿qué mandáis hace de mi?.
… Dadme muerte, dadme vida,
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dame guerra o paz crecida…
dadme infierno o cielo…
Vuestra soy, para vos nací,
¿qué mandáis hacer de mi?”

Abraham no ha sido recordado en la historia sagrada ni por la obediencia ciega, ni por su terquedad, ni por su falta de corazón, sino por su confianza, su Fe en Dios que le engendró una actitud semejante a la de San Pablo:  “Sé de quien me he fiado”. Esto nos habría contestado Abraham si le hubiéramos preguntado por qué lleva a su hijo hasta el monte: “No lo sé, pero si sé de quien me he fiado”.

Avanzamos, paso a paso, hacia la Pascua. Con esta Eucaristía, en este segundo domingo de Cuaresma, iniciamos una nueva semana de este hermoso tiempo de preparación para poder celebrar el Misterio Pascual de Cristo.

¿Se imaginan ustedes que alguien se dispusiera a relatarnos una historia, y comenzase su relato contándonos el desenlace de esa historia? Pues este Domingo las lecturas de la Palabra de Dios nos adelantan el final de la historia. Ese sorprendente anticipo posibilitará que nos sea más facil y fructífero seguir el camino que nos hemos emprendido el Miércoles de Ceniza, y que finalizará en la Vigilia Pascual. Conocer la meta de este viaje, y saber con qué apoyos contamos, y quién camina con nosotros, seguro que hará más seguro, llevadero y fecundo nuestro recorrido cuaresmal, tanto personal como comunitario.

Abraham se pone en camino guiado por la Fe en Dios. Sale de su tierra al lugar que el Señor le va a mostrar. Dios le hace la doble promesa: una descendencia incontable y una tierra. Abraham se fia de Dios, pero cuando parece que la promesa está para cumplirse, el Señor le pide que sacrifique a su hijo. De nuevo Abrahm confía en Dios. En lugar de cerrarse y atarse a la promesa conseguida, se abre al Dios de la promesa y se fía de Él. El Dios en quien cree es un Dios Vivo, que ama la vida, y genera vida. El Señor toma en cuenta la confianza y generosidad de Abraham. Éste es testigo, de nuevo, de cómo Dios actúa cumpliendo su promesa. Dios no se deja ganar en generosidad.

La fidelidad de Dios hacia Abraham nos ayuda e ilumina en el camino hacia la Pascua. Dios es fiel, mantiene su Alianza eternamente. Nos ama con amor eterno. La clave del Misterio Pascual de Cristo, y del tiempo de Cuaresma, es este amor fiel de Dios. Él toma la iniciativa en el proceso de conversión. Él nos ha amado primero, y nosotros hemos creído en ese amor. Sólo queda testimoniar ese amor en la doble dirección: Dios Padre y mi prójimo.

Abraham responde al Señor desde la obediencia de la fe. Su confianza en Dios, y su apertura a los planes de Dios, son dos rasgos que tienen validez permanente. Abraham entra en amistad con Dios. Acepta la promesa que el Señor le hace, una promesa marcada por el sello de la Alianza que Dios establece con Él, y con su descendencia.

La invitación que nos hace Dios en este tiempo de Cuaresma es triple: Por un lado, reconocer a Jesús como Mesías, como el Hijo amado de Dios, y testimoniarlo desde la caridad, la oración y la penitencia. Por otro lado, hacer más intenso y vivo nuestro trato con Dios Padre, sintiéndonos sus hijos. Y finalmente, dejarnos ayudar por el Señor para ver la cruz con ojos nuevos. Solo se puede mirar adecuadamente la cruz de Cristo y las cruces de la humanidad, con los ojos de quien ha llegado al final del camino, Aquel que ha experimentado el triunfo de la Vida sobre la muerte, Aquel que ha sentido como el amor del Padre Dios lo resucitaba a una Vida nueva.

D. Ramón Jara Gil


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